viernes, 25 de noviembre de 2011

Ingobernable realidad (Publicado 24-11-2011)


Hay una frase que no se puede sacar de la cabeza. Desde el domingo, se le repite una y otra vez, autónomamente resuena en sus pensamientos, por sí sola, como un estribillo pegadizo, o un remordimiento.

No le falta distracción, tiene el teléfono cargado de mensajes, el buzón de correo lleno de mails, el twitter repleto de participación y felicitaciones. Además, no para de hablar por teléfono; le llaman sus amigos, sus compañeros, su familia, le llaman empresarios y gobernantes vecinos y lejanos, le llama todo el mundo y con respeto. Pero nada, la frase sigue ahí martilleando, apareciendo a cada rato. Y cuando se cruza con alguien o recibe una visita y comprueba que ya no le miran igual, y le hablan de forma distinta -más distante aunque con tono de aproximación- vuelve de nuevo a acordarse.

Ahora él representa el Poder, ahora es él la imagen de quien manda en España. Llevaba muchos años intentándolo, de forma persistente, casi obstinada, queriendo conseguir lo que ahora tiene, pero esa frase que no deja de repetirse en su cabeza desde que ganó claramente las elecciones, no le deja disfrutar como debería del momento, le golpea la conciencia. Le hace tenerla.

Ha intentado quitársela de encima pensando sólo en el futuro, en lo que hay que hacer, y no ha dejado de imaginar cómo convertir en hechos sus vaticinios, en cómo materializar su poder y poner a prueba su eficacia, demostrar todo el tiempo perdido sin él.  A veces coge su programa, se lo lee y relee, lo entiende y no lo entiende, le anima y le deprime, le convence y le deja lleno de dudas y piensa: “insidias, insidias” . Y vuelve de nuevo la frase y otra vez la amordaza. La dice pero no la oye, se repite y como si no la hubiera oído, y otra vez la piensa y luego en seguida la olvida y vuelta a empezar y así no logra deshacerse de ella ni evitar pensar lo que le recuerda: que él tampoco tiene la solución; que no hay nada que hacer más que dejarse llevar y  simular seguridad mientras se cruzan los dedos; que no hay forma de solucionar localmente una crisis global; que ningún gobierno ha dado la talla con ninguna medida porque a todos les viene grande el problema; que nadie sabe cómo salir y que todo se está convirtiendo en un “sálvese quien pueda” ; que no hay más opción que distraer con problemas inventados, con más circo; que apenas queda crédito para financiar la ficción que interpreta Europa y que se desgajan los miembros tras exprimirlos; que el siguiente puede ser España y que no importa lo que se haga en un escenario sin margen de maniobra.

“Cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad” esa es la frase que escucha a cada rato y con la que entra intermitentemente en la soledad que implica ser el capitán de un barco que tiene el timón pintado.
 No le queda otra que golpear la quilla, señalar que el barco se parte en dos, y proclamarse astillero. Tal vez, entretanto, la deriva nos lleve a puerto.