Tal vez no haya realmente otra solución, ni ninguna otra forma de avanzar hacia otro sitio, ni lugar seguro al que volver, puede que ya no sea posible tomarse una pausa ni seguir otro ritmo que no sea el marcado por la urgencia de la situación, y que la realidad en verdad apremia, y que por lo tanto es cierto que sólo nos queda correr a toda prisa aunque sea precipitándonos y sobre todo también por el vacío que le hemos abierto al futuro saqueándolo, gastando de antemano un dinero que todavía no se había generado, ni por supuesto obtenido, pero que logró existir con la máquina del tiempo que diseñó la avaricia en forma de abstracción financiera. Puede que, tal y como aseguran los millonarios, no haya realmente dinero, o puede que falte el necesario para que lo puedan seguir siendo in crescendo. Ellos lo saben.
Es posible que ahora que el desempleo es internacional y puebla Europa e invade a España, ahora que el paro cerca a una población y la amenaza, no haya otra cosa que hacer que dejar que el miedo agujeree la perspectiva y la lógica y que las carcoma hasta el desánimo y la depresión, y que todo se resuma a dejar hacer y a dejarse llevar. Puede que no quepa en el mercado laboral otra cosa que una nueva reforma porque la reciente se haya quedado ya obsoleta además de corta, tal vez no haya otra forma de avivarlo, de generar más empleo, que primero destruyéndolo –aumentar el paro-, acabar con todo, para que luego se pueda contratar más veces porque más barato, al menos eso aseguran los empresarios con ojos de ERE y vehemencia, mucha prisa y casi ansia, que es por otro lado, la única forma con la que saben hacer las cosas y con la que hemos llegado a la realidad que nos ocupa, es decir, más bien lo contrario.
Puede que sí, que lo mejor ahora sea vendarse los ojos, cruzar los dedos, apretarse el cinturón, no subirse los pantalones, y dejar hacer, que siga avanzando la crisis, inyectando su veneno, ese miedo a perderlo todo que late por todas partes, esa inquietud generalizada y acumulada con grandes dosis de realidad y rotativas; porque la crisis no para y arrasa y proyecta su sombra y asfixia e intimida y el mundo está empañado de un miedo inculcado, aprendido, un miedo que adiestra y convence, un miedo impuesto que cotiza en bolsa y que fluctúa y genera riquezas exprimiendo pobreza hasta la miseria. Puede que sí, que no haya solución, ni alternativa, que no quede otra que bajar los brazos ante el atraco sostenido de la crisis, y dejar que se lleve en su botín tanto pasado y tantas luchas, tantos derechos conseguidos, puede que sea el momento de dárselo todo, de quedarnos con nada y esperar que se sacie o reviente o devore a lo que quede de nosotros mismos. Tal vez.