miércoles, 17 de octubre de 2012

Faltó (28-09-2012)


Tal vez faltó contar el activo de estado de ánimo. La cantidad de esperanza o fuerzas para esperar un cambio, para creer que lo habría. Faltó, quizás, medir la ilusión que –huyendo- correteaba por las calles, faltó pararla y mandarla a correr por más ciudades y campo a través con pretextos nuevos. Puede que faltara desde los primeros análisis no sólo enumerar el total de la deuda y la capacidad de pago sino también la de aguante. Faltó, como digo, contar los metros que podían cavarse hacia abajo sin que nadie sospechara que la salida no podía quedar más adentro.

Faltó explicar desde el principio que no se vislumbraba el final, que caminábamos sin intención de llegar a ningún sitio, que sólo se corría escapando, sin mirar si hacia delante o hacia atrás, caminar sin más y sin medir el avance, y que probablemente cada vez más cerca de no poder salir. Faltó decir valientemente que ahora sólo había margen para ser cobarde, para dejarse llevar, arrastrados, por el torrente de errores que tras levantar la presa la crisis, embestía con todas las toneladas de un fracaso colectivo.  Faltó decir que el juego de la economía mundial ya sólo repartía mala suerte, que todas las cartas ya estaban sobre la mesa y que no había forma de descartarse. Faltó que los dirigentes enseñaran en sus muñecas las marcas de estar maniatados y mostraran que la única forma de sentirse libre era simular que era el muñeco quien movía con las cuerdas los dedos del titiritero, las manos del que presta. Faltó salir y decir que no había elección alguna para que pudiéramos elegir con mayor conocimiento.

Porque ahora ya no sólo crece la deuda, la crisis y el agujero sino también la sensación de estar cayendo. La realidad aprieta a medida que decrece la capacidad de hacerse cargo. Ahora las semanas ahogan con las manos de los días. Asfixian. Ahora el desánimo forma parte del problema y lo empeora. Ahora ya han vencido muchos plazos de dar un tiempo, ahora en muchas partes ya no queda espacio ni para quedarse quieto. Y se llenan las calles de razón a medida que se vacían los gobiernos de significado. Un gobierno  al que no le funciona el timón es como un barco varado. Quien lo saque se lo queda. Y el mundo puja.

Parece que nadie está por la labor, lo razonable está en la cola del paro. Y se aviva la lucha y se encienden las calles, porque se acaba la paciencia cuando llega la sensación de que no se espera nada, de que no llega el cambio y que cada cambio que llega es más de lo mismo. La incapacidad a porrazos contra la razón, la razón incapaz volviéndose violenta. Nos movemos sin itinerario alguno, improvisando los pasos y en círculo, dando vueltas al problema sin querer ver que el problema es querer seguir dándole más vueltas. No hay forma de salir cuando la única preocupación es cómo seguir dentro.