Tal vez faltó
contar el activo de estado de ánimo. La cantidad de esperanza o fuerzas para
esperar un cambio, para creer que lo habría. Faltó, quizás, medir la ilusión
que –huyendo- correteaba por las calles, faltó pararla y mandarla a correr por
más ciudades y campo a través con pretextos nuevos. Puede que faltara desde los
primeros análisis no sólo enumerar el total de la deuda y la capacidad de pago
sino también la de aguante. Faltó, como digo, contar los metros que podían
cavarse hacia abajo sin que nadie sospechara que la salida no podía quedar más
adentro.
Faltó explicar
desde el principio que no se vislumbraba el final, que caminábamos sin intención
de llegar a ningún sitio, que sólo se corría escapando, sin mirar si hacia
delante o hacia atrás, caminar sin más y sin medir el avance, y que
probablemente cada vez más cerca de no poder salir. Faltó decir valientemente
que ahora sólo había margen para ser cobarde, para dejarse llevar, arrastrados,
por el torrente de errores que tras levantar la presa la crisis, embestía con
todas las toneladas de un fracaso colectivo. Faltó decir que el juego de la economía mundial ya sólo
repartía mala suerte, que todas las cartas ya estaban sobre la mesa y que no
había forma de descartarse. Faltó que los dirigentes enseñaran en sus muñecas
las marcas de estar maniatados y mostraran que la única forma de sentirse libre
era simular que era el muñeco quien movía con las cuerdas los dedos del
titiritero, las manos del que presta. Faltó salir y decir que no había elección
alguna para que pudiéramos elegir con mayor conocimiento.
Porque ahora ya
no sólo crece la deuda, la crisis y el agujero sino también la sensación de
estar cayendo. La realidad aprieta a medida que decrece la capacidad de hacerse
cargo. Ahora las semanas ahogan con las manos de los días. Asfixian. Ahora el
desánimo forma parte del problema y lo empeora. Ahora ya han vencido muchos
plazos de dar un tiempo, ahora en muchas partes ya no queda espacio ni para
quedarse quieto. Y se llenan las calles de razón a medida que se vacían los
gobiernos de significado. Un gobierno
al que no le funciona el timón es como un barco varado. Quien lo saque
se lo queda. Y el mundo puja.
Parece que
nadie está por la labor, lo razonable está en la cola del paro. Y se aviva la
lucha y se encienden las calles, porque se acaba la paciencia cuando llega la
sensación de que no se espera nada, de que no llega el cambio y que cada cambio
que llega es más de lo mismo. La incapacidad a porrazos contra la razón, la razón
incapaz volviéndose violenta. Nos movemos sin itinerario alguno, improvisando
los pasos y en círculo, dando vueltas al problema sin querer ver que el
problema es querer seguir dándole más vueltas. No hay forma de salir cuando la única
preocupación es cómo seguir dentro.